martes, 31 de enero de 2023

1) Bogotá, una megalópolis cálida con el viajero

El 13 de enero de 2023, un grupo de seis gallegos aterrizamos en el aeropuerto de Bogotá para recorrer el país durante un mes. No fue un viaje muy meditado y de hecho solo dos meses antes nuestra intención era desplazarnos a Bali, un plan madurado durante un año al que finalmente dimos carpetazo. No hubo un motivo concreto, pero la incertidumbre sobre el (mal) tiempo previsible en enero nos desanimó y empezamos a barajar otras opciones, principalmente Costa Rica. Tras darle muchas vueltas también fue aparcado, fundamentalmente por la carestía de la vida allí y la impresión de que por mucha naturaleza que ofrezca, un país tan pequeño podía no ser un destino adecuado para tanto tiempo.

En este tira y afloja, en el grupo se abrió paso Colombia, un país en el que nadie había pensado, poco conocido (turísticamente) en España y, además, con una (mala) fama que provocó gestos de sorpresa en amigos y familiares. Nos pusimos manos a la obra y en pocas semanas diseñamos itinerario y actividades, reservamos vuelos (cuatro interiores, además del transoceánico) y alojamientos. Incluso después de embarcados en el proceso, no teníamos muy claro si habíamos elegido bien y como iba a resultar.

Ahora, recién regresados, los seis coincidimos en que fue una sabia decisión: el viaje nos encantó, todo salió a pedir de boca, no hubo el menor incidente ni contratiempo, descubrimos un pueblo encantador, amable, feliz por un proceso de paz que avanza y les está cambiando la vida. Y el nivel de  su economía es un atractivo añadido viniendo de Europa: todo nos parecía muy barato.


Tras diez horas de viaje procedentes de Madrid, desde el aeropuerto nos dirigimos al hotel en un transfer contratado previamente por 26 €. Nuestro destino era el hotel Mika Suites, en Chapinero, una joyita. Fue nuestro primer contacto con el tráfico colombiano, siempre denso y en ocasiones incluso caótico. La capital del país, con más de ocho millones de habitantes, es de las pocas de su tamaño que carece de metro y eso se nota y se padece. Hace tres años iniciaron las obras de la primera línea adjudicadas a un consorcio chino, pero hay una gran polémica. Se optó por construirlo en superficie, más sencillo de realizar y más barato, pero con un impacto imaginable. El actual presidente quiere soterrar una parte, pero el precio se dispara y el asunto está sin resolver. Destacar que Colombia es un país sin tren y ello implica que las carreteras estén colonizadas por caravanas de "tractomulas" o simplemente "mulas", como llaman a sus camiones de gran tonelaje.
Como adelanto, en Bogotá y en otras ciudades aplican el denominado pico y placa, que no es otra cosa que limitar los coches que pueden circular. Un día los vehículos cuya matrícula acaba en número par y al siguiente los impares. Tremenda decisión salomónica que da idea del problema circulatorio existente.

El Mika es un lugar agradable, su personal amable y ofrece un desayuno generoso y variado


El Mika es un hotelito pequeño y sencillo, pero funcional (las tres habitaciones dobles dos días nos costaron 223€ por Booking) en la zona de Chapinero, una de las más exclusivas, que allí supone la calificación de estrato 6. Esto de los estratos nos dejó descolocados y supone que cada zona de la ciudad tiene asignado una calificación (uno el más bajo, seis el más alto, aunque también se menciona el siete como el de los más ricos) y en función de ello se pagan los servicios e impuestos. La idea es que los altos tengan un sobrecoste para financiar precios reducidos en los más bajos. Un llamativo sistema de reparto del que no teníamos ni idea, pero del que allí se habla con absoluta naturalidad.

Primer paseo matutino por la zona de Chapinero

Chapinero es un barrio moderno, seguro, bien trazado, con avenidas, homologable a cualquier zona de Madrid en cuanto a su mantenimiento, más o menos. Muy pronto descubrimos que el cuidado de las zonas públicas, (mucho más fuera de Bogotá), aceras, calles y demás,  puede ser mejorable. Faltan tapas de alcantarillas por doquier (supusimos que las roban), hay socavones en el pavimento (huecos, los llaman) y la limpieza, depende, en Chapinero mejor que en otros sitios. Aquí la mendicidad es escasa y también la presencia policial, a diferencia del resto de la ciudad y de Colombia, donde la Policía Nacional es omnipresente, apabullante a veces.

La afición por el grafiti en paredes y edificios es general en el país

Bogotá fue nuestra puerta de entrada a Colombia y también la de salida, en total unos cinco días. A efectos de dar nuestra visión de esta enorme urbe hemos unido en esta entrada los dos períodos.


Lo primero que hicimos al día siguiente de la llegada fue localizar una oficina de Claro, la principal compañía de telefonía, para colocar una tarjeta colombiana en un teléfono. De esta forma contábamos con un móvil colombiano para hacer/recibir llamadas y disponer de wifi. Por unos diez euros, una cifra ridícula, dispusimos de wifi (compartiéndola todo el grupo) el mes completo cuando estábamos por la calle o en los hoteles donde el servicio era deficiente. El sistema funcionó tan bien que nos olvidamos del bendito roaming europeo.


Con el fin de familiarizarnos con la ciudad nos desplazamos caminando desde Chapinero al centro, unos siete kilómetros. Por el camino aprovechamos para sacar dinero local. El peso colombiano, entonces a algo más de 5.000 por euro, y el billete mayor de solo 50.000 pesos, diez euros.

Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes, en la plaza principal de Chapinero

También nos encontramos algunas iglesias interesantes, a las que echamos un vistazo sobre la marcha. Entre ellas la atractiva basílica de Nuestra Señora de Lourdes, construida a partir de 1875 en estilo neogótico-morisco y el segundo templo más grande de la ciudad tras la Catedral. Como es habitual, en el lugar existía antes una iglesia mucho más modesta. También estuvimos en Nuestra Señora de Chiquinquirá, levantada a partir de 1919.

Parque Bavaria

Prácticamente hicimos la ruta por una gran avenida, toda ella dotada de un carril bici muy concurrido, atravesamos parques públicos y gozamos de la temperatura bogotana, pues sus 2.600 metros de altura sobre el nivel del mar evitan padecer el calor que hace en otras zonas del país. Durante los días de estancia en el Caribe (Santa Marta y Cartagena de Indias) comprobaríamos lo que es vivir día y noche por encima de 30 grados con la máxima humedad posible. Por ello Bogotá es conocida en Colombia como la nevera, un lugar frío para ellos, templado para nosotros.


Era la mañana de un sábado y el tráfico no era especialmente denso. Las jornadas laborables, por supuesto, lo es mucho más, y ese día se veían pocas motos cuando es el principal vehículo de los menos pudientes (y no siempre ocupado por una/dos personas). Los semáforos son como en todos los lugares, con la salvedad de que a veces evitan colocar los que afectan a los peatones y cuesta saber cuando toca cruzar. Los domingos por la mañana la cosa se complica un poco porque cierran algunas calles céntricas al tráfico y son literalmente tomadas por miles de ciclistas y paseantes. Una práctica que también veríamos en Medellín, que convierte la jornada en una especie de festiva y masiva quedada colectiva.

Estación de la Sabana, de la que parte el tren turístico a Zipaquirá

Al mediodía teníamos una cita para comer con una antropóloga colombiana que fue nuestro ángel de la guarda durante el viaje. Como al día siguiente íbamos a salir para Zipaquirá utilizando un vetusto tren turístico, antes pasamos por la estación de la Sabana a comprar los billetes. Este tren es una reliquia que se mantiene para visitar los fines de semana la histórica Zipaquirá (a 49 kilómetros), donde se encuentra la popular Catedral de la Sal. Es un tren lento en el que las familias hacen el recorrido en plan festivo mientras consumen arepas.


Dentro de la estación se muestran vehículos históricos de policía y bomberos, casi en plan museo, pero desordenados. Por motivos que ignoramos, la vigilancia policial era allí extrema, incluso con perros, y solo  pudimos entrar dos del grupo a sacar los billetes tras pasar las mochilas por un escáner. Luego nos dimos cuenta de que el entorno de la estación no era, precisamente, de las zonas más recomendables de Bogotá. Allí también tuvimos la primera colaboración ciudadana velando por nuestra seguridad: "¡Guarden los celulares, no den papaya!", nos previno un paseante. Lo de no dar papaya ya lo habíamos oído y en colombiano significa que no hagas ostentación de joyas y objetos de valor para no atraer a los amigos de lo ajeno. Lo tuvimos muy presente, pese a que necesitábamos el móvil para guiar nuestros recorridos.


A la hora acordada estábamos por el parque de los Periodistas y su largo arroyo, que recorre el centro canalizado en numerosos tramos conectados bajo tierra. Es una zona agradable, casi peatonal y llena de animación y vida.

Primer encuentro con Jazmín en el restaurante Casa Vieja

A la hora de comer nos reunimos por fin con Jazmín en el restaurante Casa Vieja, un lugar acogedor, bien puesto, en el que empezamos a familiarizarnos con la comida colombiana siguiendo sus consejos. Jazmín residió en Madrid ocho meses tiempo atrás para trabajar en un museo, y allí conoció al hijo de dos de los viajeros, y por esa vía contactamos. Resultó ser una persona despierta, simpática, amable y encantada de tenernos allí. Justo lo que necesitábamos. No podemos estar más agradecidos.
Nada más vernos le explicamos el despiste de esa mañana, todavía absolutamente inexpertos. Debido a un error usando Google Maps, terminamos en unas calles sucias y degradadas donde muchas personas se encontraban tiradas en el suelo con el sello de la droga. Cuando se lo relatamos, enarcó los ojos de sorpresa y también con preocupación, que se desvaneció tras explicarle que no hubo problema alguno. De inmediato se echó a reír y soltó un "Ah, qué bueno, ¡son ustedes guerreros! Qué chévere, ya no les pasó nada". La carcajada fue general.


La agradable comida tenía un postre a su altura, y al acabar nos dirigimos los siete hacia el cercano Museo del Oro, instalado en el Banco de la República, el banco central del país. 


Jazmín nos había gestionado una visita guiada a este museo en el que Sandra, una amiga suya que ha trabajado allí veinte años, nos fue explicando su espectacular contenido.

Sandra (de espaldas), nuestra guía, durante el recorrido

Lo que iba a ser una visita de un par de horas se alargó más de tres, hasta que cerró el museo. Sandra conoce su contenido con detalle ya que participó en muchas de las adquisiciones. Y salimos con una idea que no teníamos de lo que fue la artesanía del oro en Colombia antes de la llegada de los conquistadores españoles. Un lujo. Falta señalar que es el principal museo del oro de un país en el que hay bastantes más, así que dimos por aprobada la asignatura y decidimos prescindir de otros que pudiéramos encontrar en nuestro viaje.

Una de las obras maestras del museo de Bogotá, el Poporo Quimbaya

Prueba de la importancia del museo es que reúne más de 55.000 piezas de oro, evidencia de los avances artesanos de las culturas precolombinas, que estimularon la codicia de los conquistadores.


Terminada la visita, tomamos un tintico (café negro, en colombiano) con Sandra y Jazmín y les quedamos muy agradecidos por su amabilidad.

Plaza de toros Santamaría, fuera de uso desde hace más de una década

Poco más de sí dio la jornada y al día siguiente abandonamos la capital para iniciar nuestro recorrido por el país. Una vez finalizado éste, le dedicamos otros tres días a Bogotá y entonces sí que pudimos conocer mejor esta enorme ciudad. En la imagen superior, delante de la plaza de toros Santamaría, donde afortunadamente ya no se celebra este cruel espectáculo y que era la mayor del país con 14.500 localidades. Fue una decisión adoptada en 2012 por Gustavo Petro, entonces alcalde de Bogotá y hoy presidente de Colombia, que decidió transformarla en un recinto cultural. No sería la única ex-plaza de toros que veríamos.


En esta segunda etapa Jazmín también tiró de contactos para enseñarnos otra instalación con guía propio: nada menos que el Museo Nacional, ubicado en una antigua cárcel, sin duda un edificio espectacular.

Patio interior de la antigua cárcel, hoy Museo Nacional

Andrés guiando nuestra visita al Museo Nacional

Las dos horas que Andrés, curador (conservador) del museo pudo dedicarnos para que conociéramos algo más que su contenido aparente fueron una auténtica gozada. Como Sandra en el del oro, Andrés lo conoce a fondo y ha participado en su renovación y reordenación en los últimos años, por lo que hablaba con conocimiento de causa. 

Una de las salas principales del museo, Memoria y Nación, en la que se resume su nueva orientación

Excuso decir que hubiéramos precisado muchas más horas, sin duda varios días, para un recorrido general, pero las tres salas que nos mostró y explicó (de diecisiete) fueron para nosotros una clase doctoral. Andrés, no nos queda la menor duda, es un antropólogo cualificado y erudito, y solo escucharlo fue un verdadero placer. Nos descubrió que el actual museo huye de los bigotones (militares, casi siempre con mostacho) que protagonizaron la historia desde la independencia, y cuyos retratos hasta ahora monopolizaban la instalación. Ahora se ha dado cabida a la diversidad, a los marginados, indígenas, afrocolombianos, campesinos, lo que ha supuesto una revolución en el museo llevada a cabo no sin tensiones, como nos explicó.

Mural de un asentamiento campesino, realizado artesanalmente por mujeres, que resume su vida y actividades

Esta muestra, con elementos indígenas y constitucionales, resume la actual orientación  museológica como una propuesta integradora de los distintos aspectos de la cultura colombiana y de su historia  

El museo exhibe un sofá dañado tras la toma del Palacio de Justicia por guerrilleros

Si a los problemas de diversidad racial del país se une la complicada historia de violencia a lo largo de todo el siglo XX, que ahora tiene cabida, y desde más de un enfoque, puede comprenderse lo alambicado que ha sido transformarlo y abandonar así su oferta centrada en las élites blancas como único referente.
Tras escucharle ensimismados, salimos del museo lamentando no disponer de oportunidades para escuchar a personas como Andrés, cuyo nivel de conocimiento y entrega quedaron fuera de toda duda. En caso de regresar a Bogotá, sin duda volveríamos para completar la visita a este museo.


Otra cita imprescindible en la capital es la plaza de Bolívar, un enorme cuadrado empedrado, situado junto al barrio de La Candelaria, el germen de la ciudad que todavía conserva su aire colonial. Las cuatro esquinas de la plaza reúnen los principales poderes en cualquier lugar: la catedral y un edificio episcopal, el Congreso, el Ayuntamiento y el Palacio de Justicia. Un clásico, que de alguna manera nos trajo a la memoria la plaza del Obradoiro en Santiago.

Una placa en la sede judicial envía un mensaje nada equívoco a los ciudadanos

Catedral primada de Bogotá

La Catedral es un enorme edificio levantado a principios del XIX sobre las ruinas de varios anteriores: primero una capilla de techo de paja a principios del XVI; avanzado el siglo, una construcción de más volumen que se derrumbó por su mala cimentación. Hubo una tercera iglesia unos años después, que dos siglos más tarde sucumbió en un terremoto. Finalmente, entre 1807 y 1823 se levantó la actual catedral, en la que descansa Jiménez de Besada, fundador de la ciudad.


Su interior es amplio, majestuoso, y no está excesivamente recargado.


A su lado, una de las fachadas del Congreso de la República acogía ese día una acampada de protesta, que por los carteles protagonizaban colectivos indígenas y docentes. Todo en silencio y sin tensión, ni siquiera había policías en la zona.


Uno de los atractivos del vecino y famoso barrio de La Candelaria son sus calles plagadas de magníficos grafitis, que se han convertido en un reclamo turístico y visita obligada.


Nos costó un poco localizarlos, pero lo conseguimos.

 
Y mientras seguíamos la estela de las obras de magníficos artistas callejeros llegamos al epicentro de la zona, la plaza del Chorro de Quevedo, un nombre peculiar derivado, posiblemente, del fraile agustino llamado Quevedo que compró el lugar en 1832, instalando allí un chorro de agua.

Plaza del Chorro de Quevedo, con su fuente de agua a la izquierda de la imagen. La casa blanca de la izquierda, de madera, es la más antigua de Bogotá.

Esta plaza es ahora un lugar muy animado, lleno de visitantes, artistas, vendedores y guías que ofrecen rutas por la zona. También se escucha la música que sale de los numerosos garitos de los alrededores, muchos de ellos de aspecto  un tanto canalla. Después de numerosas visitas guiadas por el país, decidimos seguir por nuestra cuenta pese a que las tarifas que nos ofertaban eran asequibles, baratas incluso.


La llamativa escultura de un malabarista corona los arcos que cierran un lateral de la plaza. 


Finalmente, decidimos poner rumbo a otra parte del barrio para seguir aprovechando el día.


No muy lejos de allí encontramos el museo de Fernando Botero, de acceso gratuito . Está ubicado en un palacete con historia que fue anteriormente Palacio Episcopal y Corte Suprema de Justicia.


Las obras que se exhiben son del propio Botero o de artistas como Matisse, Klimt o Degas pertenecientes a su colección particular.

Obra Gran Genio, de Max Ernst, en el Museo Botero

Resulta llamativo, admirable incluso, que museos de este nivel sean de acceso gratuito. Tampoco en el del Oro o el Nacional tuvimos que pagar, en ambos casos por tener más de 60 años. 


En la misma jornada decidimos finalmente subir a Monserrate, cerro que domina Bogotá desde sus 500 metros de altura suplementaria. Se trata de una visita obligada para disfrutar de la vista de la enorme ciudad, pero solo si el día es despejado; en caso contrario, sirve de poco.

La enorme planicie de Bogotá (33 por 16 kilómetros) se extiende a los pies de Monserrate

Para llegar allí existen tres vías: superar algo más de 1.600 escalones u optar por el teleférico o el funicular, que fue lo que hicimos nosotros, uno para subir y el otro para bajar, ya que no teníamos tiempo para hacerlo a pie y además a la hora central del día hacía calor. Ese día la nevera estaba desenchufada.


La panorámica sobre Bogotá impresiona, pero nos impactó más encontrarnos una señal del camino de Santiago en un país de otro continente. Se trata de una donación de la Xunta de Galici,a realizada hace menos de un año, durante una visita del vicepresidente Francisco Conde, y en el acto participó una ministra colombiana. Sorprendente.


Ciertamente, promocionar allí el Camino de Santiago es necesario, porque con la gente que hablamos del tema desconocían su existencia.


Lo que no es posible desconocer en Colombia son los colores de su bandera, que se ven por cualquier lugar. Incluso un rascacielos del centro de Bogotá, la torre Colpatria, se ilumina de noche con los colores amarillo, azul y rojo, los mismos de las banderas de Venezuela y Ecuador, que se diferencian de la de Colombia solo por el escudo.


Y llegamos así al 12 de febrero, jornada en la que tomamos el avión para regresar a Galicia. Ese día fue tranquilo para nosotros y lo dedicamos a recorrer Chapinero y hacer algunas compras. Sin buscarlo, nos encontramos con el lujoso centro comercial Andino, atractivo y bien montado. Pero lo que verdaderamente nos chocó fue que en el hall central se estuviera celebrando una misa a la hora de la apertura, con música y a todo volumen. Nunca habíamos visto algo así, y nos confirmó la importancia de la iglesia en Colombia, como habíamos comprobado durante un mes: en cada iglesia o catedral interesante que visitábamos siempre había misa o rezo del rosario y normalmente atestada. Un rato después, en el aeropuerto de Bogotá, descubrimos un oratorio en su enorme vestíbulo, en el que a diario se ofician sendas misas de mañana y de tarde. Como contrapunto, abundan igualmente iglesias minoritarias de todos los pelajes.



Cuando uno llega a una ciudad como Bogotá, ha oído muchas cosas sobre taxistas desaprensivos que timan, atracan o amedrentan a los clientes. No nos cabe duda de que son excepciones. Pero una vez que conocimos a William , después de que el hotel lo llamara, no tuvimos ningún reparo en contar con él para movernos por la ciudad incluso encomendándole nuestras maletas para que él las llevara al hotel. Buen conversador y atento, nos facilitó mucho nuestros desplazamientos y nos contó muchas cosas interesantes. Dejamos su contacto por si a alguien le puede ser de utilidad.  

lunes, 30 de enero de 2023

2) Zipaquirá y su Catedral de la Sal

Zipaquirá es una pequeña ciudad próxima a Bogotá, del mismo departamento de Cundinamarca, aunque el municipio supera los 130.000 habitantes, posiblemente por la existencia de varias localidades en su territorio. Es una población agradable y agraciada, con dos hermosas plazas centrales casi contiguas. Pero su fama la debe a la denominada Catedral de la Sal, antigua mina reconvertida en iglesia subterránea que le ha dado nombre y es un lugar muy visitado, unas 700.000 personas el año pasado. Y la entrada no es precisamente barata. Sin embargo, a nosotros la catedral nos supo a poco, posiblemente porque conocíamos un templo similar  próximo a Cracovia (Polonia), en Wieliczka, que nos había impresionado bastante más. 


Ese día, domingo, salimos de mañana de Bogotá en el tren turístico, tal y como teníamos previsto, después de que perros-policía olisquearan nuestros equipajes a la entrada de la estación de la Sabana. Se trataba de una antigualla ferroviaria a rebosar de familias colombianas que habían elegido pasar la jornada en Zipaquirá. El tren, de hecho, solo funciona los fines de semana y el trayecto es siempre de ida y vuelta. 


El viaje fue un actividad en sí misma, pues para cubrir esta cincuentena de kilómetros emplea dos horas y media. O sea, que circula despacio, mucho, y realiza varias paradas. Pero dentro hay mucho entretenimiento con músicos, venta de comida en los vagones y las frecuentes explicaciones de las monitoras a los viajeros. Nuestro caso era especial pues viajábamos con las maletas, aprovechando la excursión para trasladarnos.


Otra variante del viaje es que obliga a conocer algunos patios traseros de Bogotá, esas partes de cualquier ciudad que se evitan mostrar al viajero: barrios de segunda fila, zonas degradadas normalmente decoradas con basura e inmundicia, aunque después lugares más agradables y urbanizaciones de lujo. 


Pero nosotros íbamos con buen ánimo, recién estrenado el recorrido colombiano.


Aunque el tren no salió completo, en la primera parada llenó su aforo.


Antes de abandonar Bogotá, el convoy forzó a detenerse a numerosos grupos de ciclistas cada vez que cruzaba alguna avenida. Domingueros con ganas de hacer ejercicio.


En Zipaquirá descendimos todos y nosotros fuimos a pie, con nuestras maletas, hasta el hotel, situado a unos 500 metros, y cuyo nombre, alegórico, era Camino de la Sal. Sencillo, lo mejor fue su  céntrica ubicación y el desayuno. El precio de las tres habitaciones por una noche fue de unos 105 euros.


Dejamos allí las maletas, charlamos un poco con una pareja de Medellín que nos dieron varios consejos para visitar su ciudad, y regalamos nuestros billetes de vuelta en el tren a  Bogotá a unas personas que estaban con ellos. En un rato ya estábamos recorriendo la ciudad, amable, bien trazada y llena de gente, en un día de enorme actividad comercial con todos los establecimientos abiertos.


Colonial, sin alturas, resultó entretenida, y la recorrimos haciendo tiempo para visitar su catedral extraoficial.


En la foto anterior se puede ver la imagen del indio Tisquesusa, instalada junto a la estación de tren desde hace unos pocos años, pero su adquisición fue objeto de polémica según se refleja en  informaciones periodísticas


Aunque Zipaquirá esta a 2.650 metros sobre el nivel del mar, el día resultó soleado y al cabo de un rato tuvimos que resguardarnos del calor. Empezamos así a aficionarnos a los zumos de fruta, muchas de ellas desconocidas para nosotros (lulo, tomate de árbol, guanábana, corozo, camu-camu), que se convertirían en parte del menú diario. Por el contrario, durante el mes nos olvidamos del vino en un país que no lo produce (la vid ocupa unas pocas hectáreas simbólicas) y el que ofrece en los restaurantes es de importación y caro. 

El edificio del ayuntamiento nos recordó la arquitectura francesa, aunque sin pizarra

La plaza de los Comuneros o Plaza Mayor es la principal de la ciudad, amplia, empedrada, y en cuyos márgenes se encuentran el edificio del Ayuntamiento y la Catedral Diocesana. Debe su nombre a que fue escenario de las capitulaciones comuneras en 1781, una insurrección armada contra el aumento de impuestos decidido por el visitador regente Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres.


Su catedral es un edificio destacable, aunque su historia es relativamente reciente ya que fue inaugurada en 1916.


Era domingo y el templo estaba a rebosar en la misa de última hora de la mañana, pero cuando visitamos otras iglesias en días y horas diferentes casi siempre ocurría lo mismo. Nos sorprendió que muchos de los fieles seguían la misa acompañados de sus perros, incluso había canes solos que entraban en el templo por su cuenta (las puertas estaban abiertas de par en par) sin que nadie se inmutara. Mientras, la plaza estaba animada y muchos vendedores esperaban la salida de los fieles; entre ellos un charlatán que ofrecía un jarabe de coca que supuestamente eliminaba un sinfín de dolencias de todo tipo (artrosis, dolores de estómago, de espalda, corazón cirrosis...). Una grabación repetía la letanía de efectos beneficiosos y, para nuestra sorpresa. el discurso calaba en muchos vecinos que le hacían corro, escena que vimos repetida en otros lugares, caso de Medellín.


Finalmente nos dirigimos a la Catedral de la Sal, situada a poca distancia pero ya en el extrarradio de la población. Como puede deducirse, se trata de una antigua mina reconvertida en templo subterráneo y considerada una de las maravillas de Colombia. Tuvo dos etapas: una hasta 1950, cuando una serie de filtraciones la pusieron en riesgo. Debido a ello realizaron obras y  la ampliaron, siendo abierta de nuevo en 1995 en presencia del presidente colombiano de entonces, Ernesto Samper.


Lo primero que nos llamó la atención fue el precio de la entrada, casi 20 euros, cara y más aquí teniendo en cuenta el nivel de vida y los precios colombianos en general. Sin miedo a errar, fue la entrada más cara de todo el mes.


Incluía una audio guía y entramos caminando, pero pronto nos dimos cuenta de que la audio guía no servía para nada. El recinto está organizado a modo y manera de un vía crucis, pero salvo la numeración de las estaciones hay pocas cosas que llamen la atención, exceptuando que te encuentras bajo tierra en una antigua mina iluminada. Eso sí, a 180 metros de profundidad, y para construirla tuvieron que sacar 250.000 toneladas de sal.



Pese a tanta cifra ampulosa, a nosotros el resultado no nos convenció, aunque a los colombianos parece que sí. Estaba llena de gente y en un concurso fue declarada primera maravilla de Colombia, por encima, por ejemplo, del recinto histórico de Cartagena de Indias. Sorprendente. Nosotros la recorrimos un poco decepcionados. Dentro había una cafetería y numerosos tenderetes de souvenires.

Espectacular plaza de toros... de cerámica, con cientos de figuras en los tendidos

A la hora de salir elegimos hacerlo en un trenecillo que nos evitó un nuevo paseo cuesta arriba. Previamente, en la zona de recuerdos, nos encontramos esta llamativa plaza de toros, aproximadamente de un metro por un metro.


Ya cayendo la tarde el cielo se empezó a cubrir de negros nubarrones y conocimos lo que es una tormenta en Zipaquirá, versión moderna del diluvio. El agua corría por las calles al existir pocas alcantarillas de desagüe. Nos refugiamos en unas galerías comerciales, estrechas pero amenas, de donde salimos con un paraguas recién adquirido y un reloj de pulsera.
La cena fue en uno de los restaurantes recomendados por el hotel, El Labriego. Estuvo bien (rissotto marinero, wok de arroz vegano, browning, entre otras cosas), que con cervezas y zumos resultó una factura de 300.000 pesos, 60 euros, 10 por persona. Empezábamos a comprender que ir a comer salía mucho más barato que en Galicia. 
Esta cantidad incluía el 10% del servicio, una práctica habitual que nosotros mantuvimos en todo momento. A veces te preguntaban si lo incluían y otras ya venía directamente en la factura. Nos habían advertido que si rechazabas este recargo podía venir el jefe a preguntar si algo no había ido bien. Como siempre lo abonamos, no hubo lugar. Además, los camarer@s solían ser personas muy amables y educadas y quisimos pensar que este dinero era para ellos.

Tratando de acomodar las maletas en el vehículo que nos facilitó el hotel para el viaje a Villa de Leyva

La estancia en Zipaquirá fue solo una noche, y a la mañana siguiente salimos para Villa de Leyva, en un coche del hotel que conducía Marcos, un empleado de la recepción que se ofreció voluntario a llevarnos para escapar de la rutina diaria. Previamente disfrutamos de un excelente desayuno. Fue un magnífico compañero de viaje y nos ilustró sobre la vida en Zipaquirá y sus inquietudes, que pasaban por un cercano traslado a Nueva York, donde quería estudiar turismo y aprender inglés. Tiene un amigo en Asturias al que quiere visitar, por lo que no descartó aparecer en un futuro por Galicia, algo a lo que le animamos. Aparte de todo esto, es un enamorado del ciclismo en una ciudad que ha dado campeones en esta especialidad, entre ellos el primer latinoamericano que ganó el Tour, Egan Arley Bernal.


En el viaje a Leyva disfrutamos de los paisajes del departamento de Cundinamarca y pasamos delante de la residencia oficial del presidente de Colombia (que desde la carretera no era visible). Y también junto a un museo aeronáutico cuyos aviones se veían desde la carretera.


También nos mostró el exterior del parque de atracciones Jaime Conde, que recrea las maravillas del mundo, incluido el Taj Mahal.


Pero como no todo iba a salir bien, la casualidad de que los lunes no se pueda visitar la laguna de Guatavita nos impidió hacer el recorrido peatonal a su alrededor, como teníamos previsto. Para llegar nos desviamos por una carretera sin asfaltar, pero no sirvió de nada. Así que la foto que incluimos no fue precisamente hecha por nosotros, como era nuestra intención. Nos quedamos con las ganas.
Se trata de un lugar sagrado para los muiscas y Guatavita un cacique sobre el que recae la responsabilidad de la leyenda del suicidio de su esposa en el lago, cuando comprendió que su marido le había dado a comer un sabroso corazón de venado que, en realidad, era el de su amante, cuya relación había sido descubierta. Muy triste.

1) Bogotá, una megalópolis cálida con el viajero

El 13 de enero de 2023, un grupo de seis gallegos aterrizamos en el aeropuerto de Bogotá para recorrer el país durante un mes. No fue un via...